La muerte de Leonardo Cassini es pretelivisiva. Un recuerdo casi ajeno después de tantos años. Confío en que anotarla sea un modo definitivo de enajenar el asunto.
En esa época Paso del Rey era verde. Quienes teníamos por entonces diez u once años -Leonardo, Jorge Carbone, Maricela, el colorado Antonio, yo- manteníamos con los eucaliptos y los álamos de la ribera del Reconquista, un comercio permanente y familiar. Los árboles nos proveían refugio, puntos de referencia, material para nuestros juegos y aventuras. Escondites, arcos, flechas, chozas construidas con las ramas abatidas por la tormenta o el hacha y también el fragante pábulo medicinal para las hogueras de San Jean y San Pedro los días 24 de junio.
Un par de semanas antes de esa fecha comenzábamos a amontonar ramas, maderos alguna cubierta de automóvil que atesorábamos escondida hasta el día del incendio y que habría de coronar la hoguera junto al monigote de sacrificio. El material combustible que lográbamos reunir se apilaba conformando en el descampado una suerte de pirámide abrupta que se elevaba laboriosa y efímera en torno al poste que le servía de sostén.
Ganábamos casi siempre.
Aunque jamás hablábamos de competencia, lo cierto es que subrepticiamente controlábamos y éramos controlados por un grupo rival. Los tanos -cuatro hermanos napolitanos y sus primos- solían adjudicarse alguna victoria. Ese año, sin embargo, el record indiscutible sería nuestro. Casi cinco metros de altura medía el poste de pino que Jorge Carbone, con alguna ayuda de su padre, había aserrado ese invierno.
A medida que se acercaba la fecha, nuestra preocupación iba en aumento. Que la lluvia no frustrara esa ritual de resplandores paganos, que el viento no precipitara su final. Y algo más, algo que se sumó a nuestros recaudos esa última vez. Debíamos obtener permiso de nuestros padres para montar guardia hasta avanzada la noche. Porque había robos.
Lo supimos una semana antes de la noche de San Juan. El despojo había menguado visiblemente nuestra laboriosa acumulación de ramas.
"Los tanos" sentenció Antonio.
Sabíamos que el colorado los odiaba, en especial a Bruno, el mayor de los Castiglione. Todos recordábamos la pelea silenciosa, la campana poniendo final al recreo de las diez y al round fulminante que dejara al colorado con los ojos brillantes y alguna gota de sangre manchándole los labios y el honor. "Fueron los tanos", insistió.
Al anochecer exploramos el territorio enemigo.
Nuestros rivales preparaban su hoguera en el campito de Sáenz Peña. Fuimos por la ribera hasta el dique roto y desde allí avanzamos en silencio por el monte de eucaliptos. Antes de llegar oímos las voces. "Están ahí los guachos" Leonardo avanzó agazapado hasta el borde del campo. Lo seguimos sin hablar y nos tendimos junto a él. Había un cúmulo de ramas al lado de la silueta cónica de la fogata en preparación. Ellos eran dos, Bruno y Corcho. A Melina la vimos después. Salió por la abertura entre las ramas de la choza que luego convertirían en hoguera. Llevaba una bolsa de papel. Se sentó junto a los otros y comieron bajo la luna algo que sacaron de la bolsa. Poco después, Bruno arrojó el resto de lo que comía, se puso de pie y avanzó unos pasos hacia nosotros invisibles en el lindero del monte. A mi lado, Antonio contuvo la respiración. Luego de un instante Bruno volvió sobre sus pasos.
Cuando nos retirábamos en silencio, oímos la carcajada de Melina cortando la noche como una lluvia de cristales.
Llegábamos al dique cuando Jorge se detuvo
-El perro- dijo sin mirarnos -Ya que no podemos quedarnos de guardia voy a llevar a mi perro
-No!- El grito de Leonardo nos sorprendió. En silencio esperamos su explicación
-Mi perro es mas grande- se apresuró - además cuando Bronco ladra se escucha como a diez kilómetros
Jorge no dijo nada. El resto de nosotros estuvo de acuerdo.
Nos separamos poco después.
Al día siguiente Jorge se me acercó en el recreo
-Leonardo es un tramposo. Está caliente con Melina.
-Cómo sabés?
-Anoche después de cenar fui hasta su casa. No me vieron. Estaban sentados en el cerco; la tanita acariciaba al perro y se reía
Dijo algo más pero no lo escuché. Me quedé callado pensando en Melina.
Esa tarde comprobamos que nos habían vuelto a robar. Leonardo dijo que el perro había estado toda la noche atado al poste de la hoguera. Que él mismo había soltado a Bronco antes de ir la escuela.
Jorge asintió sin hablar. El colorado, que ya estaba informado, lo miró y tampoco dijo nada.
La idea de los arcos fue mía. Maricela trajo el algodón. El querosén lo compramos en lo de Alcides.
Poco después de las siete de la tarde, teníamos todo listo. Leonardo se reía y preguntaba qué íbamos a hacer
-Te vamos a atar por que sos un alcahuete- Jorge sacó un rollo de cinta.
Mientras lo atábamos, Leonardo seguía riéndose.
A las ocho nos fuimos dejándolo amarrado al poste de pino, semicubierto por las ramas que se agitaban en un viento de tormenta.
Todo fue rápido. Llegamos al campito de los tanos con el aliento entrecortado por la carrera. No había nadie. Temiendo que la lluvia inminente malograra nuestro plan, nos apresuramos a embeber en querosén las puntas de algodón.
Fueron tres blancos certeros. Las llamas brotaron inmediatamente iluminando las copas de los árboles.
En el momento en que emprendíamos la fuga vimos a Bruno. Corría con los brazos en alto en dirección al incendio. Melina lo seguía, sus ojos mimando en verde el crepitante furor de las llamaradas.
De regreso nos separamos.
Alguien - creo que fue Maricela- preguntó por Leonardo.
"Dejalo que sufra un rato mas, para que aprenda. Yo después lo desato"
No recuerdo quién lo dijo
Recuerdo que no llovió. Recuerdo el viento huracanándose. Mi pánico repentino y tardío. La carrera desesperada, inútil hacia ese último fuego de mi infancia.
domingo 22 de noviembre de 2009
lunes 31 de agosto de 2009
MITOS
Lento despertar. Lento desprenderme de vagamente viscosa la telaraña como si etcétera. Seguramente sexo durante el sueño que no llegó a exaltarse en pesadilla por una cuestión de disciplina y, sin embargo, ella negra, de terciopelo, inclinando muy atrás la cabeza, exponiendo la garganta como para que Drácula pero no, mi cara entre sus pechos por esto de intuir una mentira hasta cuando duermo, o quizá solo cuando duermo.
Café. Sobre todo por la familiaridad del sonido, por conjurar los miedos golpeando un jarro de aluminio contra la hornalla y otras cobardías electrodomésticas, incluyendo radio a un volumen que no permita oír las noticias para ignorar mi propia indiferencia mientras me ducho, el café al borde de la bañadera, el murmullo del agua sumándose al murmullo de la radio construyendo juntos un muro murmurante hasta que un hilo metálico agrieta esa defensa, dos, tres veces: teléfono, restos de jabón y una toalla mal anudada que va a desprenderse cuando hola.
- Hola, como estás, dormías, habla Carlos, disculpame la hora.
- Bien. No. Desayunaba. ¿Donde estás?
- En Moreno, pensaba ir a verte. Necesito algo de Mircea Eliade o de Pagnu. Algo sobre el mito del objetivo. No sé.
- Te espero.
- En una hora estoy por allí.
Una hora. Ducha capítulo dos y más café. El mito del objetivo, los dioses de la azagaya. Los dioses arqueros. El centauro. Sagitario. El M.16, desde aquí sin moverme te aniquilo, te borro sin acercarme, un punzante funerario atravesando tu garganta para que esta noche no vuelvas a mentirme y vaya a saber Carlos qué historia hoy domingo. Mala cosa y seguro mas tarde pastas en 30-30 y en todo caso Pagnu, más probable Levi Strauss hasta que Carlos deponga la excusa que el sabe halagadora y con la segunda botella de nuevo mi hermana.
- Tu hermana de nuevo. No sé. No sabe que vine pero si podés.
Y puedo.
Debería aprovechar este otoño. Un otoño exagerado, enfático. Cargado de metáforas, de fáciles analogías. Zona temporal de savia recesiva, de metabolismo casi nulo. Reflexivo otoño si uno se animara yo no, yo nada. Nada que pueda descomponer mi ciclotimia en el subsuelo y quedarme ahí, mustio, qué pálido este muchacho. No. No todavía.
Todavía ella hola hermano que suerte que llegaste. Hice tallarines. Me salieron un poco despeinados pero hay pollo frito y vino de Lieb como a vos te gusta.
Todavía ella anoche me quedé dormida, soñé con diplodocos más bien verdes. Te busqué en la oscuridad pero tenés la costumbre de no estar. Por eso tallarines. El miedo me da hambre.
Todavía ella reproche más bien verde y yo los tallarines están horribles, pero con el vino te superás día a día.
- Sos perverso.
- El martes quise venir.
- Sos un diplodoco.
- Pero no pude. Me enredé.
- No, no me cuentes. Quiero dormir y que te quedes vigilando. Esto se llena de bichos verdes y se me da por amasar. Como una venganza.
Todavía nosotros risas y yo firme propósito de no abandonarla, de discutir sin palabras que mirá Silvina no puedo estar siempre pero siempre estoy, siempre sos chiquita y laboriosa y tenaz. Siempre te deslumbran unos sueños que vaya a saber de donde o como desalentarlos, o si debo o lo que es peor, si puedo, así que mejor...
-¿Dónde se metió tu marido?
- No sé. Salió temprano. Algo de unos apuntes en la biblioteca.
- Tiene una amante.
- No creo, pobre. Pero contame de vos. Seguís con... ¿Cómo se llama?
- No creo.
- Lástima. Me caía bien.
Miente salvo el tiempo del verbo. Ahora sí. Ahora que no, sí. Ahora que cómo se llama es un punto efímero en el itinerario que me conduce al único puerto con vino de Lieb como a mi me gusta.
-¿Estás pintando?- me arrincona.
- No, lo juro.- Mi respuesta parece alentarla.
- Ah, vení, quiero mostrarte un par de láminas que mandé a enmarcar.
Un Picasso azul y un Modigliani.
Hermosos flanqueando en la sala con sillones y libros un dudoso grabado de metal ambarino. Enseguida el ritual, Strega flambeado con dos granos de café y cigarrillos . Los míos como al descuido, en la mesita de teca.
- Contame que estás leyendo -sigue.
- Chandler.
- ¿Chandler?
- Si. Una fiera. Me gusta. Escribe con un hacha y una botella de whisky.
- Estás loco - se ríe.
- Siempre - le digo, sabiendo que colaboro. Que una vez más soy el hermano que pinta, el que vive solo y rechaza compromisos o se los olvida porque mirá, tenía todas las intenciones pero me quedé pegado con un libro. Jim Thompson, metálico, lo trajo Ana. O Gabriela. Un fierro. Pero contame de vos.
- ¿De mí? Nada. Hice enmarcar las láminas, Las colgó Carlos, tan prolijo. Lo estuve observando. No sabés: Metro, escuadra, plomada que se yo. Uno de estos días lo asesino.
- Es un buen tipo.
- Si-dijo- pero no es mi culpa. Además tenés razón. Es muy bueno, bueno y prolijo. Te imaginás... no. No te imaginás. Es... ¿cómo te puedo explicar?... una necesita confrontarse. Encontrar un perfil dificultoso... pasar el dedo por la rebaba. Imaginate todas las aceitunas sin carozo. ¿No es un embole?
- Me gustan las aceitunas -dije, sabiendo que era inútil.
- A mí también. Pero necesito esa minúscula desconfianza. Eso de no saber a que profundidad una va a encontrar resistencia. Esa prudencia para no romperte una muela. Entendés? Tan cerca, la aceituna y el carozo. El placer y el dolor. Eros y Thanatos. Soy una turra, -agregó- y estalló en carcajadas y enseguida lágrimas. Entonces, abrazándome, hundiendo su cara en el suéter que me tejió Ñeca, mi mano en su pelo ¿qué pasa nena? Porqué carajo...?
- Nada... soy una mina histérica.
- Ya sé, ya sé y se te da por amasar. Pero sos la única hermana que tengo ¿qué pasa?
- Salgo con un tipo
-Y qué.
- SOS un hijo de puta.
- Y qué.
- Es separado, vende cuadros, reproducciones. Anda en bicicleta, pinta.
- En ese orden -dije para saber que estaba ahí. Para conjurar el otoño sabiendo que era inútil, que ya era inútil, que el espanto y adiós hermano cruel y siglos de cultura y los dioses arqueros y la sangre.
Café. Sobre todo por la familiaridad del sonido, por conjurar los miedos golpeando un jarro de aluminio contra la hornalla y otras cobardías electrodomésticas, incluyendo radio a un volumen que no permita oír las noticias para ignorar mi propia indiferencia mientras me ducho, el café al borde de la bañadera, el murmullo del agua sumándose al murmullo de la radio construyendo juntos un muro murmurante hasta que un hilo metálico agrieta esa defensa, dos, tres veces: teléfono, restos de jabón y una toalla mal anudada que va a desprenderse cuando hola.
- Hola, como estás, dormías, habla Carlos, disculpame la hora.
- Bien. No. Desayunaba. ¿Donde estás?
- En Moreno, pensaba ir a verte. Necesito algo de Mircea Eliade o de Pagnu. Algo sobre el mito del objetivo. No sé.
- Te espero.
- En una hora estoy por allí.
Una hora. Ducha capítulo dos y más café. El mito del objetivo, los dioses de la azagaya. Los dioses arqueros. El centauro. Sagitario. El M.16, desde aquí sin moverme te aniquilo, te borro sin acercarme, un punzante funerario atravesando tu garganta para que esta noche no vuelvas a mentirme y vaya a saber Carlos qué historia hoy domingo. Mala cosa y seguro mas tarde pastas en 30-30 y en todo caso Pagnu, más probable Levi Strauss hasta que Carlos deponga la excusa que el sabe halagadora y con la segunda botella de nuevo mi hermana.
- Tu hermana de nuevo. No sé. No sabe que vine pero si podés.
Y puedo.
Debería aprovechar este otoño. Un otoño exagerado, enfático. Cargado de metáforas, de fáciles analogías. Zona temporal de savia recesiva, de metabolismo casi nulo. Reflexivo otoño si uno se animara yo no, yo nada. Nada que pueda descomponer mi ciclotimia en el subsuelo y quedarme ahí, mustio, qué pálido este muchacho. No. No todavía.
Todavía ella hola hermano que suerte que llegaste. Hice tallarines. Me salieron un poco despeinados pero hay pollo frito y vino de Lieb como a vos te gusta.
Todavía ella anoche me quedé dormida, soñé con diplodocos más bien verdes. Te busqué en la oscuridad pero tenés la costumbre de no estar. Por eso tallarines. El miedo me da hambre.
Todavía ella reproche más bien verde y yo los tallarines están horribles, pero con el vino te superás día a día.
- Sos perverso.
- El martes quise venir.
- Sos un diplodoco.
- Pero no pude. Me enredé.
- No, no me cuentes. Quiero dormir y que te quedes vigilando. Esto se llena de bichos verdes y se me da por amasar. Como una venganza.
Todavía nosotros risas y yo firme propósito de no abandonarla, de discutir sin palabras que mirá Silvina no puedo estar siempre pero siempre estoy, siempre sos chiquita y laboriosa y tenaz. Siempre te deslumbran unos sueños que vaya a saber de donde o como desalentarlos, o si debo o lo que es peor, si puedo, así que mejor...
-¿Dónde se metió tu marido?
- No sé. Salió temprano. Algo de unos apuntes en la biblioteca.
- Tiene una amante.
- No creo, pobre. Pero contame de vos. Seguís con... ¿Cómo se llama?
- No creo.
- Lástima. Me caía bien.
Miente salvo el tiempo del verbo. Ahora sí. Ahora que no, sí. Ahora que cómo se llama es un punto efímero en el itinerario que me conduce al único puerto con vino de Lieb como a mi me gusta.
-¿Estás pintando?- me arrincona.
- No, lo juro.- Mi respuesta parece alentarla.
- Ah, vení, quiero mostrarte un par de láminas que mandé a enmarcar.
Un Picasso azul y un Modigliani.
Hermosos flanqueando en la sala con sillones y libros un dudoso grabado de metal ambarino. Enseguida el ritual, Strega flambeado con dos granos de café y cigarrillos . Los míos como al descuido, en la mesita de teca.
- Contame que estás leyendo -sigue.
- Chandler.
- ¿Chandler?
- Si. Una fiera. Me gusta. Escribe con un hacha y una botella de whisky.
- Estás loco - se ríe.
- Siempre - le digo, sabiendo que colaboro. Que una vez más soy el hermano que pinta, el que vive solo y rechaza compromisos o se los olvida porque mirá, tenía todas las intenciones pero me quedé pegado con un libro. Jim Thompson, metálico, lo trajo Ana. O Gabriela. Un fierro. Pero contame de vos.
- ¿De mí? Nada. Hice enmarcar las láminas, Las colgó Carlos, tan prolijo. Lo estuve observando. No sabés: Metro, escuadra, plomada que se yo. Uno de estos días lo asesino.
- Es un buen tipo.
- Si-dijo- pero no es mi culpa. Además tenés razón. Es muy bueno, bueno y prolijo. Te imaginás... no. No te imaginás. Es... ¿cómo te puedo explicar?... una necesita confrontarse. Encontrar un perfil dificultoso... pasar el dedo por la rebaba. Imaginate todas las aceitunas sin carozo. ¿No es un embole?
- Me gustan las aceitunas -dije, sabiendo que era inútil.
- A mí también. Pero necesito esa minúscula desconfianza. Eso de no saber a que profundidad una va a encontrar resistencia. Esa prudencia para no romperte una muela. Entendés? Tan cerca, la aceituna y el carozo. El placer y el dolor. Eros y Thanatos. Soy una turra, -agregó- y estalló en carcajadas y enseguida lágrimas. Entonces, abrazándome, hundiendo su cara en el suéter que me tejió Ñeca, mi mano en su pelo ¿qué pasa nena? Porqué carajo...?
- Nada... soy una mina histérica.
- Ya sé, ya sé y se te da por amasar. Pero sos la única hermana que tengo ¿qué pasa?
- Salgo con un tipo
-Y qué.
- SOS un hijo de puta.
- Y qué.
- Es separado, vende cuadros, reproducciones. Anda en bicicleta, pinta.
- En ese orden -dije para saber que estaba ahí. Para conjurar el otoño sabiendo que era inútil, que ya era inútil, que el espanto y adiós hermano cruel y siglos de cultura y los dioses arqueros y la sangre.
viernes 28 de agosto de 2009
Solo
En una cazuelita de barro, desgranar un poco de provolone, pisar medio tomate maduro, mezclarlo con el queso y agregar una pizca de pimienta blanca y algo de orégano fresco. Horno caliente. Ocho o diez minutos mientras se oxida el vino. Retirar, dejar que pierda un poco de temperatura y matarse despacio y en orden: Sorbo de cabernet, bocado de provomate (o tomalone), aceituna griega, pan crujiente, sorbo biz, etc. Unir todo con canzoneta napolitana, creer desesperadamente que afuera llueve pátina azulina atemperando los contrastes entre el blanco de la aldea, la sombra del olivar y fijate el Tirreno tan ignorando su propia historia mientras la realidad se obstina en ser domingo, y solo, acá en Moreno.
sábado 22 de agosto de 2009
Pintura
Amanecer como metiendo la punta del pie en un río desconocido, arriesgando sólo el dedo gordo, midiendo la correntada, la temperatura, tentando la voracidad de posibles pirañas. Sabiendo que es inútil, que una vez despierto deberé cruzar, nadando estilo perro como el lunes cuando todo se empastaba, o haciendo un crowl bastante aceptable como el miércoles de azules dóciles, con la módica esperanza de deslizarme por la superficie, el trasero apenas sumergido en una beatífica plancha, dominical aunque sea viernes. Nunca entendí bien si uno va hacia las cosas, si cada cuadro me termina o viceversa. Mejor pactar un empate, cuestión de no dejar avanzar la viceversa mientras controlo el café para que no hierva, el reloj para que no haga trampas acelerando en un descuido
En fin, que es viernes, amanece y la luz que se cuela por las consabidas es nítida, de la que endurece perfiles y planta una geometría intolerante de rectas o curvas y no jodamos.
No quiero nada, no quiero querer nada, me adoctrino mientras vuelco en el sumidero el café que acaba de hervir y lo vuelvo a intentar. Un sombrero quiero, y estar caminando lento, ajeno, con aire de inmigrante polaco; lo que para mi registro de esa clase de inmigrante, requiere una figura fuerte y delgada, un sobretodo negro y un tono general de tragedia subyacente. Eso quiero mientras ella me ve de espaldas, su aliento empaña la vidriera del café, apresurada se enfunda los guantes, deja un billete arrugado sobre la mesa , busca la salida; se arrepiente. Fin de la historia. Que hable con otro en todo caso. Que con otro haga planes y desgaste en poco tiempo un código de intercambios parciales, paulatinamente sola mientras yo sigo ileso, de espaldas y con sombrero. Yo polaco, pienso. Pienso en ochenta por sesenta. Un dominante gris borroneando los edificios altos que estrechan la calle húmeda donde no estamos, ni yo de espaldas ni ella rubia estallando en el ángulo inferior derecho del bastidor. Bastará el cielo bajo y un aire inmigrante tamizando esa historia que deberé no contar para que alguien pueda descubrirla. Alguien que se plante frente a la tela, busque apresurada la salida de la galería, enfundándose los guantes y termine fatal, llamando a mi puerta para compartir el café que ya inunda de aroma el taller y me deja sin razones para no enfrentarme a la tela. Ochenta por sesenta.
Estilo perro a la mañana, borracho de trementina a mediodía pero con alguna esperanza de crowl para la tarde, si todo va bien, si no traiciono el planteo de líneas activas y no excedo el vértigo de una perspectiva, tensionada para rezagar su ojos mientras me alejo de espaldas, el sombrero enfundado, ella arrepintiéndose en la puerta. Ambos presentes por omisión.
“Paisaje Urbano” va a dictaminar el experto de turno, aconsejando la neutralidad de ese título para conservar “la apertura” de una obra que es otra cosa. Que siempre es otra cosa y nunca acierta su destino. Con suerte va a entorpecer la pared a espaldas de algún gerente que no lo eligió, que aceptó librar el cheque con arreglo a un criterio patrimonial que facilite el crédito. Así las cosas, ella no va a encontrarme. Aunque quizás. Nunca se sabe con las rubias.
A mediodía bajo para comer. ”Viceversa” murmura alguien en un contrapunto esquizoide. El viento me sorprende sin sobretodo. Hace un frío de cristales empañados, moliterno bien macerado, aceitunas negras, cavernet indispensable. Fácil aceptar la hospitalidad discreta del “Verdi”, a dos cuadras con la solapas levantadas, por San Luís. Tan estrecha la calle que de nuevo estoy pintando y ni quiero comprobar que no. No están sus guantes sobre el mantel blanco junto a la ventana mientras entro, vacilo con la vista baja, me acomodo de espaldas a esa mesa que quién sabe. Debería abandonar la pintura. Dedicarme a la gastronomía, ser albañil, corredor de seguros. Gerente.
Como siempre, cuando empiezo a comer, descubro que tengo hambre. Una silla se desplaza a mis espaldas. Acepto entonces la sugerencia de Bruno el camarieri, sin saber demasiado qué me ofrece, capturado como estoy por un leve deslizamiento de prendas que adivino suaves, mientras percibo -puedo jurarlo- un vestigio de sándalo en la corriente fría de la puerta que acaba de cerrarse. “Soy yo” le digo con mi nuca y mi espalda a esos datos mínimos que no voy a comprobar. Sobre todo ahora que un silencio perfecto me responde y se prolonga hasta que Bruno diligente, se encamina hacia allí y me obliga a refugiarme en el murmullo de los parroquianos, al que debo sumar, cuando oigo “Signorina..?”, algún tintineo de cristales y líquido escanciándose para no oir la respuesta.
Voy a salir más tarde, por la puerta de la derecha, sintiendo sus ojos en mi espalda mientras cruzo en una larga diagonal la calle desierta, lamentando la luz abusiva, la falta de sombrero, sus pasos que se apresuran detrás, y arruinan mi pintura. “Estás completamente loco”. El dictamen me detiene sobre la vereda agrietada. Giro resignado, levanto la vista.
Compro tabaco al pie de mi edificio. Me entrampo con un estampido metálico en el ascensor, pulso el tercero. En el pasillo la veo. Está de espaldas, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo oscuro. Enfrenta mi puerta, esperando.
Con los últimos minutos de luz abandono la tela. Me duelen los ojos. Un cansancio bueno cuando me aparto del caballete y contemplo.
En fin, que es viernes, amanece y la luz que se cuela por las consabidas es nítida, de la que endurece perfiles y planta una geometría intolerante de rectas o curvas y no jodamos.
No quiero nada, no quiero querer nada, me adoctrino mientras vuelco en el sumidero el café que acaba de hervir y lo vuelvo a intentar. Un sombrero quiero, y estar caminando lento, ajeno, con aire de inmigrante polaco; lo que para mi registro de esa clase de inmigrante, requiere una figura fuerte y delgada, un sobretodo negro y un tono general de tragedia subyacente. Eso quiero mientras ella me ve de espaldas, su aliento empaña la vidriera del café, apresurada se enfunda los guantes, deja un billete arrugado sobre la mesa , busca la salida; se arrepiente. Fin de la historia. Que hable con otro en todo caso. Que con otro haga planes y desgaste en poco tiempo un código de intercambios parciales, paulatinamente sola mientras yo sigo ileso, de espaldas y con sombrero. Yo polaco, pienso. Pienso en ochenta por sesenta. Un dominante gris borroneando los edificios altos que estrechan la calle húmeda donde no estamos, ni yo de espaldas ni ella rubia estallando en el ángulo inferior derecho del bastidor. Bastará el cielo bajo y un aire inmigrante tamizando esa historia que deberé no contar para que alguien pueda descubrirla. Alguien que se plante frente a la tela, busque apresurada la salida de la galería, enfundándose los guantes y termine fatal, llamando a mi puerta para compartir el café que ya inunda de aroma el taller y me deja sin razones para no enfrentarme a la tela. Ochenta por sesenta.
Estilo perro a la mañana, borracho de trementina a mediodía pero con alguna esperanza de crowl para la tarde, si todo va bien, si no traiciono el planteo de líneas activas y no excedo el vértigo de una perspectiva, tensionada para rezagar su ojos mientras me alejo de espaldas, el sombrero enfundado, ella arrepintiéndose en la puerta. Ambos presentes por omisión.
“Paisaje Urbano” va a dictaminar el experto de turno, aconsejando la neutralidad de ese título para conservar “la apertura” de una obra que es otra cosa. Que siempre es otra cosa y nunca acierta su destino. Con suerte va a entorpecer la pared a espaldas de algún gerente que no lo eligió, que aceptó librar el cheque con arreglo a un criterio patrimonial que facilite el crédito. Así las cosas, ella no va a encontrarme. Aunque quizás. Nunca se sabe con las rubias.
A mediodía bajo para comer. ”Viceversa” murmura alguien en un contrapunto esquizoide. El viento me sorprende sin sobretodo. Hace un frío de cristales empañados, moliterno bien macerado, aceitunas negras, cavernet indispensable. Fácil aceptar la hospitalidad discreta del “Verdi”, a dos cuadras con la solapas levantadas, por San Luís. Tan estrecha la calle que de nuevo estoy pintando y ni quiero comprobar que no. No están sus guantes sobre el mantel blanco junto a la ventana mientras entro, vacilo con la vista baja, me acomodo de espaldas a esa mesa que quién sabe. Debería abandonar la pintura. Dedicarme a la gastronomía, ser albañil, corredor de seguros. Gerente.
Como siempre, cuando empiezo a comer, descubro que tengo hambre. Una silla se desplaza a mis espaldas. Acepto entonces la sugerencia de Bruno el camarieri, sin saber demasiado qué me ofrece, capturado como estoy por un leve deslizamiento de prendas que adivino suaves, mientras percibo -puedo jurarlo- un vestigio de sándalo en la corriente fría de la puerta que acaba de cerrarse. “Soy yo” le digo con mi nuca y mi espalda a esos datos mínimos que no voy a comprobar. Sobre todo ahora que un silencio perfecto me responde y se prolonga hasta que Bruno diligente, se encamina hacia allí y me obliga a refugiarme en el murmullo de los parroquianos, al que debo sumar, cuando oigo “Signorina..?”, algún tintineo de cristales y líquido escanciándose para no oir la respuesta.
Voy a salir más tarde, por la puerta de la derecha, sintiendo sus ojos en mi espalda mientras cruzo en una larga diagonal la calle desierta, lamentando la luz abusiva, la falta de sombrero, sus pasos que se apresuran detrás, y arruinan mi pintura. “Estás completamente loco”. El dictamen me detiene sobre la vereda agrietada. Giro resignado, levanto la vista.
Compro tabaco al pie de mi edificio. Me entrampo con un estampido metálico en el ascensor, pulso el tercero. En el pasillo la veo. Está de espaldas, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo oscuro. Enfrenta mi puerta, esperando.
Con los últimos minutos de luz abandono la tela. Me duelen los ojos. Un cansancio bueno cuando me aparto del caballete y contemplo.
martes 11 de agosto de 2009
Musas
De pura emoción intelectual, estuve a punto de estamparles un ósculo en la frente. Sobre todo a la urraca de este lado, la que graznó de entrada que era profesora universitaria de literatura. Seguro me equivoco; pero dejame. Me alivia descubrir un punto donde concentrar esta calentura dispersa que tantas amistades me granjea.
La ocurrencia fue mía, imaginate; una gacetilla anuncia "la presentación del libro El Cuerpo y La Palabra. Con taller vivencial", decime un poco.
Gracias a la previsora inteligencia de Gabriel, llegamos a último momento. Entramos al auditorio durante la reflexión final. Vimos, no pudimos no ver, (créame Borges), un grupo de mujeres -docentes jubiladas, según supimos después-, sentadas en apretado círculo, del que emergían, ocupando un plano mas elevado, la Profesora Universitaria de Literatura, Suplente de Cátedra de Mempo Giardinelli, y su cómplice, experta en cuerpo y, también experta en mantener congelada una sonrisa de resignación, ante la candorosa credulidad de su auditorio. Tuve que salir.
Me refugié‚ en el bar; tomé‚ cafe‚. Mientras esperaba sentí, estas cosas se sienten, que esas dos mujeres compartían una parcela, quizá turbulenta, en la isla de Lesbos. Esto, ignoro porqué, me ablandó.
Pocos minutos después me siguieron mis compañeros y, algo más tarde, la profesora y su cuerpo. Entonces las presentaciones y ah uds. son del taller del Durán y mucho gusto y la literatura nos convoca y mas café‚ y nos gustaría saber y qué lástima má temprano... Pero igual podemos darles una idea. Y nos dieron.
La del cuerpo guardó las palabras y la de las palabras irguió el cuerpo y arrancó. Arrancó y dijo: Yo soy Profesora Universitaria de Literatura. Y tras eso, el discurso.
Si querés armarlo ponele sensorial; ponele integrador; ponele vivencial, movilizador; ponele disparador; ponele mecha y encendela y que vuele todo a la mierda. Total la literatura nos convoca.
El asunto es así: Se escribe desde el cuerpo ¿se dan cuenta?. Por ejemplo la experiencia de hoy. Les pedimos a las señoras del grupo que se tomaran de las manos pero tratando de vivenciar ese contacto. Esta experiencia sensocorporal, obra como disparador. Las viejas se disparan. Y escriben, imaginate, solamente tomándose de las manos. O sea: Si tomamos una docente jubilada y le aplicamos una metódica patada en el culo, ahí no más te larga la divina Comedia, ¿no es lindo?.
El cuerpo necesita estímulos; el mundo no es lo suficientemente encantador; no alcanza ni la agonía ni el éxtasis ni tus ojos. No alcanza morirse en Ruanda de un ataque de Biafra incontenible. ¿Cuál es la piedra en el estanque?. Si el último trotyl no produjo escombros suficientes, a lo mejor, acariciando un cepillo, ponemos un soneto. Es bueno tener a mano un papel de lija. Porque no alcanzan ni la tempestad ni el alarido; no es suficiente tu cama y ya no hay camas suficientes y mamá dónde estás, dónde estás mamá . Si primero se llevaron a los judíos y, después me llevé a Berthold Brech y, como soy Suplente de Cátedra de Mempo Giardinelli, le enseñé a chupar un tornillo, a ver si se moviliza este muchacho.
Decí que a Eduardo, tan implacable, le dio la vena cómica. Y Gabriel. Decí que Alfredo es mago y enseguida saca del bombín el mantel de hilo , la porcelana y, entre sorbo y sorbo de té, es capaz de departir amablemente con un ladrillo. Y vaya uno a saber el diagnóstico de Héctor. Y Gabriel. Y Ana, que se deja autorizar por sus canas y pregunta en chaqueño repentino ...explicame, querida, ¨cómo es esto de vivencial?. Y Gabriel. Gabriel a punto de asesinarme. Y yo, tan animal, sin entender. Confundiendo su silencio con un exceso de urbanidad. Hasta que hoy, recién hoy, se me ocurre ponerme sus anteojos y volver a mirar.
Recorrer el círculo de ancianas, primorosamente peinadas, tomaditas de las manos; sonriendo, niñas otra vez, en una ronda que les arrebata las mejillas y les ilumina los ojos cansados. Que les borra el invierno y las devuelve a la infancia por dos, tres minutos. Exiguo milagro que pergeñan en lo alto dos arpías. Tan exiguo y poderoso y casual, y tan honda mi gratitud, cuando descubro la mirada alborozada de tía Clotilde, que me gana el desatinado, urgente deseo de detener el tiempo. Dilatarlo lo suficiente para poder, por una vez, invertir el sentido de la ternura. Para que, por una vez, seas vos, tía, la que me muestre las manos infantiles, obedientemente limpias y dejes que te acomode el almohadón. Porque la leche está servida, Clo, el pan tibio y la mermelada es de frambuesas, como a vos te gusta. Alimentate, que con este frío, hasta las azaleas, y los anteojos de Gabriel que me arranco o se me caen y me devuelvo al alivio de mi ceguera selectiva. A la paradójica seguridad de esta calentura imprecisa, tan eficaz para abrir puertas, o para cerrarlas, según se trate de entrar o de salir.
El asunto, vos sabés, es quedar del otro lado.
Y que no me importe.
La ocurrencia fue mía, imaginate; una gacetilla anuncia "la presentación del libro El Cuerpo y La Palabra. Con taller vivencial", decime un poco.
Gracias a la previsora inteligencia de Gabriel, llegamos a último momento. Entramos al auditorio durante la reflexión final. Vimos, no pudimos no ver, (créame Borges), un grupo de mujeres -docentes jubiladas, según supimos después-, sentadas en apretado círculo, del que emergían, ocupando un plano mas elevado, la Profesora Universitaria de Literatura, Suplente de Cátedra de Mempo Giardinelli, y su cómplice, experta en cuerpo y, también experta en mantener congelada una sonrisa de resignación, ante la candorosa credulidad de su auditorio. Tuve que salir.
Me refugié‚ en el bar; tomé‚ cafe‚. Mientras esperaba sentí, estas cosas se sienten, que esas dos mujeres compartían una parcela, quizá turbulenta, en la isla de Lesbos. Esto, ignoro porqué, me ablandó.
Pocos minutos después me siguieron mis compañeros y, algo más tarde, la profesora y su cuerpo. Entonces las presentaciones y ah uds. son del taller del Durán y mucho gusto y la literatura nos convoca y mas café‚ y nos gustaría saber y qué lástima má temprano... Pero igual podemos darles una idea. Y nos dieron.
La del cuerpo guardó las palabras y la de las palabras irguió el cuerpo y arrancó. Arrancó y dijo: Yo soy Profesora Universitaria de Literatura. Y tras eso, el discurso.
Si querés armarlo ponele sensorial; ponele integrador; ponele vivencial, movilizador; ponele disparador; ponele mecha y encendela y que vuele todo a la mierda. Total la literatura nos convoca.
El asunto es así: Se escribe desde el cuerpo ¿se dan cuenta?. Por ejemplo la experiencia de hoy. Les pedimos a las señoras del grupo que se tomaran de las manos pero tratando de vivenciar ese contacto. Esta experiencia sensocorporal, obra como disparador. Las viejas se disparan. Y escriben, imaginate, solamente tomándose de las manos. O sea: Si tomamos una docente jubilada y le aplicamos una metódica patada en el culo, ahí no más te larga la divina Comedia, ¿no es lindo?.
El cuerpo necesita estímulos; el mundo no es lo suficientemente encantador; no alcanza ni la agonía ni el éxtasis ni tus ojos. No alcanza morirse en Ruanda de un ataque de Biafra incontenible. ¿Cuál es la piedra en el estanque?. Si el último trotyl no produjo escombros suficientes, a lo mejor, acariciando un cepillo, ponemos un soneto. Es bueno tener a mano un papel de lija. Porque no alcanzan ni la tempestad ni el alarido; no es suficiente tu cama y ya no hay camas suficientes y mamá dónde estás, dónde estás mamá . Si primero se llevaron a los judíos y, después me llevé a Berthold Brech y, como soy Suplente de Cátedra de Mempo Giardinelli, le enseñé a chupar un tornillo, a ver si se moviliza este muchacho.
Decí que a Eduardo, tan implacable, le dio la vena cómica. Y Gabriel. Decí que Alfredo es mago y enseguida saca del bombín el mantel de hilo , la porcelana y, entre sorbo y sorbo de té, es capaz de departir amablemente con un ladrillo. Y vaya uno a saber el diagnóstico de Héctor. Y Gabriel. Y Ana, que se deja autorizar por sus canas y pregunta en chaqueño repentino ...explicame, querida, ¨cómo es esto de vivencial?. Y Gabriel. Gabriel a punto de asesinarme. Y yo, tan animal, sin entender. Confundiendo su silencio con un exceso de urbanidad. Hasta que hoy, recién hoy, se me ocurre ponerme sus anteojos y volver a mirar.
Recorrer el círculo de ancianas, primorosamente peinadas, tomaditas de las manos; sonriendo, niñas otra vez, en una ronda que les arrebata las mejillas y les ilumina los ojos cansados. Que les borra el invierno y las devuelve a la infancia por dos, tres minutos. Exiguo milagro que pergeñan en lo alto dos arpías. Tan exiguo y poderoso y casual, y tan honda mi gratitud, cuando descubro la mirada alborozada de tía Clotilde, que me gana el desatinado, urgente deseo de detener el tiempo. Dilatarlo lo suficiente para poder, por una vez, invertir el sentido de la ternura. Para que, por una vez, seas vos, tía, la que me muestre las manos infantiles, obedientemente limpias y dejes que te acomode el almohadón. Porque la leche está servida, Clo, el pan tibio y la mermelada es de frambuesas, como a vos te gusta. Alimentate, que con este frío, hasta las azaleas, y los anteojos de Gabriel que me arranco o se me caen y me devuelvo al alivio de mi ceguera selectiva. A la paradójica seguridad de esta calentura imprecisa, tan eficaz para abrir puertas, o para cerrarlas, según se trate de entrar o de salir.
El asunto, vos sabés, es quedar del otro lado.
Y que no me importe.
jueves 6 de agosto de 2009
Regreso
REGRESO
Uno sale enfundado en un traje, con el primate a dos segundos. Sale corbata, uñas bien limadas, dientes. Sale afeites, desodorante, portafolios uno. Nada de abalanzarse sobre lo más débil. Sale y antepone con permiso, muy amable. Abandona el ascensor, traga saliva después de usted señorita. Fíjese qué hermosa yugular y yo como si nada mientras imperceptibles me crecen la uñas, el primate a medio segundo hasta que me ajusto el nudo y casi no registro que allá en el sur donde se bifurcan mis pantalones y sobre todo los suyos cuando ya en planta baja las puertas automáticas se cierran a mi espalda, la suya sobre todo, que se demora frente a la salida del edificio, los cristales blindados reflejando que además de espalda tiene usted otras razones para que me ajuste el nudo.
No se abren. Lo que facilita el avance del desodorante, los afeites y permítame. Justo en el momento en que, al otro lado del cristal, un relámpago parte en dos la madrugada, las luces del palier titilan. Se apagan. El mono abre los ojos.
No hay caso.
-Están como trabadas- sonríe ella en la sombra cuando cambio de mano el portafolios y sacudo -con ayuda del primate que avanza- el tirador inútil.
-Vamos a tener que llamar al portero- dice sin moverse, sin saber que la bestia no oyó lo que sigue a “vamos a tener” mientras a mi me conforma esa módica invitación a involucrarnos
-Probemos con la puerta de la cochera- digo. El mono aplaude. Ella se pega a mi retaguardia con ayuda de un trueno idéntico al de hace 20.000 años. “Ya estamos” piensa alguien cuando enarbolo el encendedor, siento el roce de su mano, risa nerviosa de rigor pero con alguna humedad menos rigurosa en tanto la antorcha nos guía hacia el picaporte que cede abismándonos sobre la caverna más profunda
-Cuidado que hay unos escalones- dice el desodorante -De piedra- piensa el mono y avanza, el roce convertido en presión, el reflejo de la antorcha multiplicado en la piel lustrosa de los monstruos que dormitan en la tiniebla, hasta que un soplo subterráneo aniquila la llama y nos autoriza -al primate y a mi- a rodearle la cintura
-Es increíble- murmura
-Realmente- gruño
-Parecía un día normal
-Es- digo muy cerca, su pelo que no se aparta, rozándome la boca. Entonces un último acatamiento al barniz menguante, nos obliga a fingir que uno de los monstruos dormidos nos cierra el paso. Que por eso nos detenemos.
Sale uno de la caverna, enfundado en el cuerpo, con el traje a dos segundos, la hembra temerosa detrás. Sale y la lluvia atempera el espanto de un amanecer desconocido donde se desplazan monstruos de ojos brillantes. Sale y enfrenta, al otro lado del desfiladero, un abrupto farallón en el que se multiplican las cavernas. El primate retrocede, se hunde aterrado en el traje, en los restos de desodorante mientras enderezo mi corbata y ella oculta su rubor, se peina “no entiendo qué me pasó”; “No te preocupes” digo, “Yo tampoco”.
Y lo terrible, pienso mientras nos separamos, es estar obligado a simular que ahora sí entiendo lo que nos pasa.
G. Iglesias
Uno sale enfundado en un traje, con el primate a dos segundos. Sale corbata, uñas bien limadas, dientes. Sale afeites, desodorante, portafolios uno. Nada de abalanzarse sobre lo más débil. Sale y antepone con permiso, muy amable. Abandona el ascensor, traga saliva después de usted señorita. Fíjese qué hermosa yugular y yo como si nada mientras imperceptibles me crecen la uñas, el primate a medio segundo hasta que me ajusto el nudo y casi no registro que allá en el sur donde se bifurcan mis pantalones y sobre todo los suyos cuando ya en planta baja las puertas automáticas se cierran a mi espalda, la suya sobre todo, que se demora frente a la salida del edificio, los cristales blindados reflejando que además de espalda tiene usted otras razones para que me ajuste el nudo.
No se abren. Lo que facilita el avance del desodorante, los afeites y permítame. Justo en el momento en que, al otro lado del cristal, un relámpago parte en dos la madrugada, las luces del palier titilan. Se apagan. El mono abre los ojos.
No hay caso.
-Están como trabadas- sonríe ella en la sombra cuando cambio de mano el portafolios y sacudo -con ayuda del primate que avanza- el tirador inútil.
-Vamos a tener que llamar al portero- dice sin moverse, sin saber que la bestia no oyó lo que sigue a “vamos a tener” mientras a mi me conforma esa módica invitación a involucrarnos
-Probemos con la puerta de la cochera- digo. El mono aplaude. Ella se pega a mi retaguardia con ayuda de un trueno idéntico al de hace 20.000 años. “Ya estamos” piensa alguien cuando enarbolo el encendedor, siento el roce de su mano, risa nerviosa de rigor pero con alguna humedad menos rigurosa en tanto la antorcha nos guía hacia el picaporte que cede abismándonos sobre la caverna más profunda
-Cuidado que hay unos escalones- dice el desodorante -De piedra- piensa el mono y avanza, el roce convertido en presión, el reflejo de la antorcha multiplicado en la piel lustrosa de los monstruos que dormitan en la tiniebla, hasta que un soplo subterráneo aniquila la llama y nos autoriza -al primate y a mi- a rodearle la cintura
-Es increíble- murmura
-Realmente- gruño
-Parecía un día normal
-Es- digo muy cerca, su pelo que no se aparta, rozándome la boca. Entonces un último acatamiento al barniz menguante, nos obliga a fingir que uno de los monstruos dormidos nos cierra el paso. Que por eso nos detenemos.
Sale uno de la caverna, enfundado en el cuerpo, con el traje a dos segundos, la hembra temerosa detrás. Sale y la lluvia atempera el espanto de un amanecer desconocido donde se desplazan monstruos de ojos brillantes. Sale y enfrenta, al otro lado del desfiladero, un abrupto farallón en el que se multiplican las cavernas. El primate retrocede, se hunde aterrado en el traje, en los restos de desodorante mientras enderezo mi corbata y ella oculta su rubor, se peina “no entiendo qué me pasó”; “No te preocupes” digo, “Yo tampoco”.
Y lo terrible, pienso mientras nos separamos, es estar obligado a simular que ahora sí entiendo lo que nos pasa.
G. Iglesias
domingo 2 de agosto de 2009
Vengan
A veces, uno no cuenta la plata. Abre como una baraja los cuatro billetes ajados, se los queda mirando, piensa. No, si es que el verbo enuncia un acto deliberado, no piensa. Deja que lo visiten unas imágenes; imágenes desvinculadas de los billetes, como si los cuatro o cinco papeles sucios fuesen una silueta lejana, un horizonte donde fijar la vista. Uno está de espaldas a la vidriera, en la esquina, perdido en una ensoñación hasta que cambia la luz o un transehúnte nos despierta, nos vuelve a poner en marcha. Pero antes, mientras la luz sigue roja o el oficinista apurado no murmura su disculpa, uno está allí, metido como entre paréntesis, inmóbil en medio de esas dos medialunas enfrentadas entre las que cabe la historia de tu vida. Está muerta tu madre ahí y están las reconvenciones de Bertucci que deja entrever que la cosa viene de arriba; nada personal. Está Marcela, que, sobre tu hombro, lloró increíblemente por otro. Están los elogios, las espectativas que abrumaron tu niñez; y está la vez que tocaste el cielo con las manos después de arrancarle el corpiño con los dientes; y antes los ojos de Manchita, el gemido inútil de los frenos, su última mirada. Olvidada en el cordón tu primera bicicleta. Todo; no sé. Tan empecinado uno
-Disculpe
Entonces seguís. Cruzás con luz verde hundiendo en el bolsillo los billetes que te miraron. “Cincuenta años” te acusa alguien desde adentro. Seguís, ganás la otra vereda, entrás al café con las primeras gotas como de aceite y una vaga agitación. No compraste el diario. Sos un valiente. “Que vengan”, pensás; que abuela Clara me unte otra tostada con miel del campo; que vuelva papá del ministerio con un libro de estampas; que con mi hermana nos quedemos en la terraza esperando para ver como el alma de doña Trudi se va al cielo. Vengan. El primer mar contra mi balde y mi palita; el imposible gusto a sangre contra el puño de mi amigo; el pánico caliente cuando Laura no me detuvo y yo no sabía como seguir. Vengan, con los camellos y el trineo, con la capa, con el tarro de espinacas, el colt 45 colgado de una liana. Vengan, que encendemos un fuego, contamos historias y hacemos planes para tomar por asalto el Sagrado Corazón. Vengan carajo, que se me enfría el café y no quiero bajarme de la cama, algo acecha debajo, por favor, algo empecinado, menguante, de cincuenta años.
-Disculpe
Entonces seguís. Cruzás con luz verde hundiendo en el bolsillo los billetes que te miraron. “Cincuenta años” te acusa alguien desde adentro. Seguís, ganás la otra vereda, entrás al café con las primeras gotas como de aceite y una vaga agitación. No compraste el diario. Sos un valiente. “Que vengan”, pensás; que abuela Clara me unte otra tostada con miel del campo; que vuelva papá del ministerio con un libro de estampas; que con mi hermana nos quedemos en la terraza esperando para ver como el alma de doña Trudi se va al cielo. Vengan. El primer mar contra mi balde y mi palita; el imposible gusto a sangre contra el puño de mi amigo; el pánico caliente cuando Laura no me detuvo y yo no sabía como seguir. Vengan, con los camellos y el trineo, con la capa, con el tarro de espinacas, el colt 45 colgado de una liana. Vengan, que encendemos un fuego, contamos historias y hacemos planes para tomar por asalto el Sagrado Corazón. Vengan carajo, que se me enfría el café y no quiero bajarme de la cama, algo acecha debajo, por favor, algo empecinado, menguante, de cincuenta años.
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