A veces, uno no cuenta la plata. Abre como una baraja los cuatro billetes ajados, se los queda mirando, piensa. No, si es que el verbo enuncia un acto deliberado, no piensa. Deja que lo visiten unas imágenes; imágenes desvinculadas de los billetes, como si los cuatro o cinco papeles sucios fuesen una silueta lejana, un horizonte donde fijar la vista. Uno está de espaldas a la vidriera, en la esquina, perdido en una ensoñación hasta que cambia la luz o un transehúnte nos despierta, nos vuelve a poner en marcha. Pero antes, mientras la luz sigue roja o el oficinista apurado no murmura su disculpa, uno está allí, metido como entre paréntesis, inmóbil en medio de esas dos medialunas enfrentadas entre las que cabe la historia de tu vida. Está muerta tu madre ahí y están las reconvenciones de Bertucci que deja entrever que la cosa viene de arriba; nada personal. Está Marcela, que, sobre tu hombro, lloró increíblemente por otro. Están los elogios, las espectativas que abrumaron tu niñez; y está la vez que tocaste el cielo con las manos después de arrancarle el corpiño con los dientes; y antes los ojos de Manchita, el gemido inútil de los frenos, su última mirada. Olvidada en el cordón tu primera bicicleta. Todo; no sé. Tan empecinado uno
-Disculpe
Entonces seguís. Cruzás con luz verde hundiendo en el bolsillo los billetes que te miraron. “Cincuenta años” te acusa alguien desde adentro. Seguís, ganás la otra vereda, entrás al café con las primeras gotas como de aceite y una vaga agitación. No compraste el diario. Sos un valiente. “Que vengan”, pensás; que abuela Clara me unte otra tostada con miel del campo; que vuelva papá del ministerio con un libro de estampas; que con mi hermana nos quedemos en la terraza esperando para ver como el alma de doña Trudi se va al cielo. Vengan. El primer mar contra mi balde y mi palita; el imposible gusto a sangre contra el puño de mi amigo; el pánico caliente cuando Laura no me detuvo y yo no sabía como seguir. Vengan, con los camellos y el trineo, con la capa, con el tarro de espinacas, el colt 45 colgado de una liana. Vengan, que encendemos un fuego, contamos historias y hacemos planes para tomar por asalto el Sagrado Corazón. Vengan carajo, que se me enfría el café y no quiero bajarme de la cama, algo acecha debajo, por favor, algo empecinado, menguante, de cincuenta años.
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2 comentarios:
Fantástica vuelta entre paréntesis a la niñez de uno que anda por los cincuenta.
He tenido algún pequeño problema por la diferencia en el manejo del castellano. Se ve que tu eres argentino, pero de cualquier modo me gustó mucho tu relato.
Gracias por el comentario que dejaste en mi blog.
PAZ
Me gustó! Dá para una mini no?
Besos!
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