Estimado Prof. Daffunchio:
Recibí su envío y quiero agradecer tan sólo la amabilidad de su gesto. Su intención sino su contenido. El material que ud me remite generosamente, obra en mi ánimo como una dura confirmación -por cierto innecesaria- de acontecimientos y parajes que intento sin éxito borrar de mi memoria. Permítame presentarle mis disculpas refiriéndole los hechos. Estuve en S. Jacinto. Hace diecinueve meses visité ese lugar recóndito cumpliendo un encargo de mi hija Ana. Fue en mayo del 95. En esa fecha viajé al Cuzco por una gestión de negocios. Ana -cuya pasión antropológica usted conoce- me pidió entonces que procurara obtener para su estudio una serie de fotografías de esas piezas... revulsivas, que atribuyen al período sicalíptico tardío de la cerámica Chavín. Partí de Bs. As. dejando a mi hija en el aeropuerto con la promesa de intentar dar cumplimiento a su pedido si así lo permitían mis propias obligaciones. Le ahorro los detalles. Básteme decir que pude dar término a mis compromisos con inusual celeridad viéndome en consecuencia en libertad de disponer de algo mas de dos semanas hasta la fecha en que debía encontrarme de regreso en Bs. As. Me trasladé entonces a Lima donde visité, sin demasiadas expectativas, el museo Rafael Larco Herrera. Los informes que allí obtuve fueron vagos. El curador, un nebuloso mestizo de sesenta años, me condujo hasta una vitrina al final de la galería Ramón Castilla. En ella, junto a una máscara funeraria de oro del período Nazca, se hallaban dispuestos algunos fragmentos sin clasificar de cerámica policromada. La pasta fina y bien cocida revelaba a mi entender que los fragmentos pertenecían probablemente a la cultura Moché. Así se lo hice saber a mi guía quién se limitó a manifestar sus dudas encogiéndose de hombros. Abandoné el lugar. En la avenida Vivanco, a pocas cuadras del Museo de Arqueología, di con una librería especializada. En ella conocí al doctor Enrique Durville. Me llamó la atención su actitud concentrada. Era un hombre alto muy delgado de alrededor de cincuenta años. Vestía con descuido un arrugado traje de lino que parecía flotar en torno a su figura inclinada sobre la estrecha mesa de lectura. El catálogo que consultaba, un pesado ejemplar en folio, era precisamente uno de los que me había sugerido el librero experto. Decidí aguardar. Pocos instantes después Durville y yo conversábamos animadamente. Fue entonces cuando, por primera vez, oí mencionar las ruinas de "Huasa Chinkasqa". Eran las seis de la tarde cuando abandonamos el atestado local. Para entonces, Durville conocía el objeto de mi búsqueda. Fuimos a un bar. Habíamos ordenado una segunda ronda de cerveza cuando deslizó su invitación. -En San Jacinto podrá hallar lo que busca. Y no me refiero sólo a fotografías -agregó- Por pocas monedas se venden en el lugar, réplicas de una fidelidad asombrosa. Acepté. Comprendo ahora lo precipitado de mi decisión. Pero entonces el cordial entusiasmo de Enrique Durville sumado a mi deseo de ver iluminarse el rostro de Ana minaron mis débiles objeciones. Debíamos volar hasta el aeropuerto de Chiclayo y hacer un corto trecho en ferrocarril hasta el puerto de Pimentel. Un pesquero nos llevaría setenta kms. al norte hasta la desembocadura del Chira. Allí dispondríamos de una lancha que efectúa un servicio "mas o menos regular" entre el litoral y los poblados de Huasi Ayllu, Huanca de la Sombra y San Jacinto. Partiríamos al amanecer del jueves siguiente. Me quedaban poco más de 24 horas. Empleé ese tiempo en preparativos, alisté mi equipo fotográfico, hice algunas llamadas a Bs. As. La noche del miércoles cené en compañía de Durville quien se mostró exultante ante la inminencia del viaje. Su entusiasmo contagioso, su animada conversación, su conocimiento indudable de los mitos, la historia y el folclore regional, disiparon en mi ánimo todo resto de vacilación. El doctor Enrique Durville prometía ser un agradable compañero de itinerario. Los dos primeros tramos de nuestro viaje transcurrieron sin tropiezos. En Pimentel nos demoró unas horas la tranquila burocracia portuaria que no acertaba a cumplimentar los trámites relacionados con la partida del "Marimonda", pesquero de altura algo decrépito que habría de transportarnos hasta la última etapa de nuestro recorrido. Abordamos por fin luego de sortear en la dársena un laberinto de estibas de algodón, de azúcar y de arroz que son en esa zona los principales productos de exportación. Zarpamos poco después del mediodía entre gemidos de metal y estrépito de motores diesel. De esa breve singladura recuerdo el calor, la belleza deslumbrante del litoral en el que se alternaban rocas desnudas, grises o rojizas, con depresiones de material aluvional y crestas de granito emergiendo de la ceja vegetal. Recuerdo la vaga opresión de la cordillera, semioculta en el palio de niebla del Pacífico. Recuerdo el ocaso. Permanecimos todo el tiempo recostados en nuestras reposeras, bajo el toldo de popa. Durville consultaba notas concentrado y feliz. El capitán, un francés joven y lacónico, nos obsequió y compartió con nosotros la cerveza que el mismo trajo en latas sumergidas en un cubo con hielo. El Marimonda por fin remontó la ría del Chira algo más de un Km. Anochecía cuando desembarcamos. Junto a la escasa tripulación nos alojamos en un cobertizo emplazado al final del muelle. Una pareja de ancianos lugareños regenteaba el lugar. Compartimos con buen apetito una mesa de pescados, legumbres y arroz, regada con aguardiente de caña apenas rebajado. Era más de medianoche cuando me dejé caer en una de las literas dispuestas en el sector contiguo al comedor. Dormí profundamente. Durville me despertó al amanecer. La lancha nos aguardaba. Embarcamos bajo una fina llovizna que había tornado resbaladizos los maderos del muelle. La "lancha", una pequeña embarcación de dos palos y cubierta, parecía ser la chalupa de un viejo carguero desguasado. Su piloto y único tripulante resultó ser un criollo de edad indefinida al que Durville saludó con familiaridad. Me fue presentado como "Don Diego". Amarramos nuestro equipaje y algunas provisiones bajo el entoldado de lona embreada. Poco después comenzamos a remontar las lentas aguas bermejas del Chira. Usted no ignora profesor Daffunchio, que soy un hombre de ciudad, habituado en consecuencia a las distancias cortas, a las señales y signos convencionales, a la geometría previsible de un ámbito concebido para minimizar los esfuerzos de desplazamiento, de orientación, de supervivencia. En suma, un "bicho urbano" como diría con mayor precisión y desenfado mi hija Ana. ¿Cómo describir mi ánimo en esa jornada? Durante algunas horas atravesamos una sucesión de haciendas con sus plantíos de patata, cebada, coca y café. A medida que remontábamos la corriente, esos signos de civilización se espaciaban dando paso a una naturaleza feraz y algo amenazante que parecía acecharnos desde las márgenes cada vez mas estrechas del río. En el septentrión andino la denominada "ceja de montaña" desciende poblando las márgenes con bambúes y helechos. Durville me señalaba especies y variedades con entusiasta versación de naturalista. La "Phytelephas macrocarpa" que produce el marfil vegetal, la "Carludovica palmata" de la que se obtiene la fibra para elaborar los sombreros de panamá, la "Cinchona" para la producción de quinina. Aves y pequeños monos vigilaban nuestro travesía cada vez más próxima a las primeras estribaciones de la cordillera blanca. Nos acercábamos al paso venciendo la creciente turbulencia de la corriente. La firme serenidad de nuestro timonel me tranquilizaba. A mi fascinación se sumaba un sentimiento más confuso y primitivo como si la gravitación del paisaje despertara en mi ánimo un reconocimiento atávico de la región. Gradualmente me fui sumiendo en un estado de ensoñación del que emergí pasado el mediodía. A la una de la tarde, Durvill abandonó su cuaderno de notas y se deslizó hasta la timonera. Lo vi. impartir instrucciones a las que Diego asentía repetidamente. Poco después amarramos la embarcación en un remanso arenoso. Sin desembarcar tomamos algún bocado y bebimos aguardiente. Don Diego repartió tabaco y fumamos en silencio. Restaban aún veinte kilómetros de navegación. Promediaba la tarde cuando atravesamos el poblado de huasi Ayllu y poco después las inmediaciones silenciosas de Huanca de la sombra, invisible entre las frondas de la rivera sur. A las 19 arribamos por fin al amarradero de San Jacinto. Debo confesarle querido amigo que ese baluarte de la colonia con sus callejas de piedra y la pureza de su arquitectura, con su iglesia y sus coloridas tiendas de artesanía me impresionaron menos que la umbría recepción del hotel "Providencia". Cansado y algo entumecido me retiré de inmediato a mi habitación murmurando mis excusas ante el sonriente e infatigable Durville. Nunca una ducha caliente me pareció más reparadora ni lecho alguno más cómodo. Esa noche dormí sin sobresaltos y sin soñar. La pesadilla comenzaría al DIA siguiente. Luego de desayunar en mi habitación salí del hotel. Eran las nueve de una mañana soleada y algo fresca cuando por indicación del conserje, un catalán cincuentón y circunspecto, me encontré repechando las callejuelas de San Jacinto rumbo a plaza De La Reina. La feria tiene allí, como usted sabe, una actividad permanente. Pequeños locales e innumerables tenderetes rodean su planta circular con una heterogénea y multicolor oferta de alimentos y artesanía. Hallé rápidamente lo que buscaba. Compré seis piezas pequeñas de asombrosa perfección. Pedí autorización a la vendedora para fotografiar unas cuantas más. La muchacha de nítidos rasgos amerindios accedió con un gesto y procedió a embalar mi compra. Poco después estaba de regreso en el hotel con mi preciada carga en la mochila. En la recepción una nota algo enigmática del doctor Durville me informaba de su salida del pueblo: "Me dirijo algunos Kms. al S O en procura de efectuar un rápido relevamiento que quizá me permita verificar una vieja teoría. Seré más explícito cuando al anochecer nos reencontremos. E.D." No sabría explicar porqué decidí seguir sus pasos. Mencioné antes mi vago sentimiento de opresión unido a esa suerte de confuso atavismo que pugnaba en mi espíritu como la inminencia de una revelación. Algo, algo oscuro y antiguo me reclamaba imponiéndome la necesidad de actuar en un sentido que no alcanzaba a comprender. Dejé las piezas de cerámica en el hotel y salí a caminar. Quince minutos más tarde abandonaba el pueblo por su extremo S O. En este punto mi memoria flaquea. Recuerdo un estrecho sendero descendente entre las grandes piedras calizas de un terreno fracturado por afloramientos más duros, con vegetación esteparia y boscajes espinosos. Mas abajo la vegetación arbórea verdeaba en el valle delatando la existencia de cursos de agua ocultos entre las frondas. A medida que avanzaba el terreno se hacía más fértil y practicable, nivelado por el depósito aluvión al y la sedimentación. Me fui internando entre árboles de porte gradualmente creciente. El palisandro y la caoba alternaban con tamaicaspis y palmeras en una umbría sucesión de verdor. A poco de internarme en el bosque gané la rivera de un arroyo estrecho. Seguí sin vacilar su rápida corriente poseído de la ambigua sensación de marchar en pos de un objetivo que a un tiempo me atraía y me repugnaba, y del que nada sabía. Ignoro cuanto tiempo anduve bajo la bóveda vegetal. Sé que la cristalina superficie del arroyo se teñía de infinitos tonos de verde, estallando en luz cuando se interrumpía el tupido ramaje. Sé que mas tarde esa deslumbrante sucesión de diamantes, turquesas y esmeraldas perdió intensidad, que la luz declinó sin que yo atinara a detenerme. El terreno se hizo ascendente, el arroyo se estrechaba encajonado entre paredes verticales. La corriente se perdió entre las piedras buscando su nivel de base a través de un pasaje subterráneo. Pronto me encontré ganando altura a cielo abierto. El valle sumido en la sombra del atardecer había quedado atrás. Anochecía cuando decidí descansar. Busque refugio entre las rocas y eché mano a la cantimplora. Iba a necesitar todas mis fuerzas para ascender el último tramo y coronar la cima. Permanecí bajo las estrellas que la luz de la luna llena opacaba. Mi cansancio se transformó en un sopor que fue sumiéndome en una vívida ensoñación. Párrafos enteros de una vieja monografía acudían a mi mente sin ningún esfuerzo de evocación. Estaba en América capturado por ese atavismo que parecía dimanar de lo profundo del continente como si el tiempo retrocediera hasta situarme en la remota época de la conquista. Recordé un libro donde Sebreli cita las primeras crónicas de Indias que documentan la antropofagia de numerosas tribus americanas. Vernal Díaz del Castillo informa que a Valdivia lo mantuvieron tres día con vida mientras lo iban comiendo. "Se comían las carnes con chilmole y de esa manera sacrificaban a todos los demás, y les comieron las piernas y los brazos, y los corazones y sangre ofrecían a sus ídolos..." Américo vespucio, Pietro Martire, Ulrico Shmidel, Hans Staden y el propio Garcilaso de la Vega, dan testimonio entre otros de variadas formas de canibalismo". Y agrega refiriéndose a los incas "Sus prisioneros eran despellejados y transformados en tambores que conservaban la forma humana por lo que el cadáver parecía golpear su propio vientre con varitas que le colocaban en las manos. Las cabezas reducidas como trofeos de guerra, los collares hechos con dientes, los cueros desollados de las víctimas convertidos en vestidos y los cráneos transformados en copas donde beber la chicha, constituyen un lejano antecedente de los libros encuadernados por los nazis con la piel de los judíos". Las palabras acudían a mi memoria sin que mediara la voluntad. Permanecí mucho tiempo en ese lugar sin lograr sobreponerme. Un creciente temor conturbaba mi espíritu. Sabía, sin embargo, que la poderosa fascinación de la que era prisionero me obligaría a ascender ese último tramo. Me encaramé con dificultad a las rocas desnudas al tiempo que la brisa nocturna parecía imitar el rumor bajo de un cántico sobrecogedor. Con un último esfuerzo logré aferrarme a la cima. Hice pie en un reborde y me incorporé. Lo que vi me cortó el aliento. A menos de cien metros, semioculto por una ululante nube de graquináceas, el templo piramidal parecía oscilar sobre un lecho de fuego. La combustión de miles de antorchas no lograba atenuar el hedor de la sangre. Sobre el ominoso brillo del altar los sacerdotes parecían aguardar mientras una creciente agitación exacerbaba al nauseabundo coro de alimañas voladoras. Vd. a una de esas monstruosidades precipitarse sobre la piedra de sacrificio y volver a elevarse con un pingajo entre las fauces. De inmediato fue perseguida por otras graquináceas que intentaban arrebatarle el sangriento botín. Fue entonces cuando, en torno a la base de la pirámide, el mar de fuego se separó formando un sendero entre la casa real y la escalinata del altar. La multitud se sumió en un silencio momentáneo para estallar de inmediato en un espantoso clamor. Por el sendero flanqueado de antorchas avanzaba hacia el altar en lenta procesión un grupo de sacerdotes. En su centro, se debatía con inútil desesperación un ser ataviado con las prendas de sacrificio. Paralizado de espanto vi a esa infame procesión iniciar el ascenso llevando en vilo a su víctima. Promediaba el ascenso cuando en el paroxismo del terror, el condenado consiguió desprenderse de sus captores. Logró arrebatar una de las antorchas y blandiéndola con furia luchó desesperadamente por su vida derribando a dos de los sacerdotes que rodaron por la escalinata con sus ropajes incendiados. La lucha duró un instante. Antes de ser reducido se irguió en toda su estatura enfrentando las picas y los palos que se abatían sobe él. En ese instante lo reconocí. Sé que grité, que rodé golpeándome entre las piedras; que amanecía cuando recuperé la conciencia. Me había sangrado la frente. De algún modo logré regresar. Antes de abandonar el valle me sumergí en el arroyo con la esperanza de recuperar en su corriente clara y fresca algo de mi aniquilada serenidad. Una oscura intuición me aconsejó marcharme de San Jacinto sin denunciar los hechos que había presenciado. Oculté como pude la agitación que alteraba mi ánimo. A la madrugada del día siguiente, luego de algunas rachas de sueño inquieto, abandoné el hotel. Interrogado acerca del doctor Durville, me limité a responder que precisamente iba a reunirme con él en un campamento en las afueras del pueblo. Llegué a Bs. As. tres días después. Querido Daffunchio, dentro de pocos días abandono el continente. Confío en que Ana se decida a acompañarme. Aliento la esperanza de que la vieja y cansada Europa me devuelva algún sosiego. Espero que siga honrándome con su amistad. No se sienta contrariado si le suplico que deponga usted su generoso afán docente. He perdido como comprenderá todo interés por las bestiales culturas de esta parte del mundo. Aníbal Farnelli
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