La luna de acero bruñido recorta sombras geométricas sobre la escarcha; cruje la noche, una brisa de hielo me adelgaza. En lo alto del muro la luz del ventanuco miente un ardor de fuego que llena de anhelo mis manos, me precipita, clava una esperanza en mi garganta para mejor negarme la tibieza. Hace años que avanzo. Pétalos de cristal me laceran el vientre, me demora el azote de infinitos tallos helados. O sea.
Ese tono suspendido, ese afán de claustro alquímico donde, intoxicado de humores y exudaciones nocturnas, la pesadilla digestiva se exalta a magma primordial y éste a obra en negro sobre blanco. Va de nuevo: Esa vanidad de transmutar ravioles en prosa poética. El inconciente alarmado por el fermento del relleno y el vino malo. Esa clase de revelaciones. O sea.
La musa del Manduque. Hepatalgina digamos para no verme obligado a incendiar Alejandría. Mejor salir a caminar, como el caballero Duphain, que rehuía los fulgores del día acaso porque su propia luz lo empujaba al límite de la tolerancia. Iba a escribir "ponía" en vez de "empujaba" pero entonces quedaba: Alejandría...rehuía...del día... ponía. Las cuatro y media de la madrugada.
A lo mejor el gallego ya abrió y nos salvamos todos.
Un té con limón, como decía mi tía cuando algo me dolía. Una vez la vi a Margarita en la ventana. Yo estaba tumbado en la cama, en el cuartito de la terraza. Al rato de estar corrigiendo trabajos de mis alumnos, me adormecí. Cuando desperté había oscurecido. Era un viernes caluroso pero la brisa que soplaba entre los sarmientos y los pámpanos inundaba el cuarto con un bálsamo dulzón. Me quedé apoyado en el antepecho viendo los racimos sombríos. No encendí la luz. Cuando se iluminó la ventana en la casa vecina, estuve a punto de abandonar el lugar. Entonces la vi. Margarita.
Supe más tarde que ella no ignoraba mi presencia. Pero entonces, sin palabras, quizás sin que mediara la conciencia, pactamos un ritual que secretamente nos unió.
Durante el día, nuestros encuentros nunca deliberados, se resolvían en algún saludo, un intercambio convencional entre vecinos indiferentes.
Éramos otros al anochecer: Cuando la luz menguante etc., en vano tratábamos de resistir. Sometidos, reinstalábamos la escena, abolíamos el tiempo. Las miserias del suburbio cedían a esa magia de tálamo acechado. Trascendíamos nuestra mera encarnadura humana, divinizándonos en una dolorosa renuencia a comulgar mas allá del deseo convergente, exaltado, eterno en su postergada consumación. ¿O sea?
Nada.
-¿Con limón?
- Con.
Una noche, ya oculto en la anhelante oscuridad de mi cuarto, noté con inquietud creciente que el prodigio se demoraba. Ella, hábil en retaceos, en paradójicos ocultamientos, manejaba un tiempo acorde con la afiebrada medida de mi imaginación. Se mostraba si, generosa -y siempre renovada- sólo cuando la tensa culminación de mi deseo, amenazaba trocarse en angustia. Esa noche me angustié. El cielo tempestuoso ocultaba las estrellas; una parodia cruel de esa otra oscuridad que en su ventana me negaba esplendores mas intensos. Pensé en bajar a tomar mate, que también me gusta, pero mi fidelidad pudo más.
Acuciado por mudos interrogantes permanecí oculto en la soledad sombría de mi cuarto. No somos ángeles -pensé- ¿Acaso la fidelidad no se exige recíproca? ¿Qué ritual ajeno la demora? ¿Que intrusa deidad retiene sus favores? ¿Qué le pasa a ésta?- pensé
-¿Qué pasa?-
-Gallego éste limón es de botella
-Son las cinco ¡demonios! que no abre el tano hasta las ocho
Lleno de zozobra me disponía a abandonar mi puesto cuando un relámpago cegador fracturó la noche. El rayo le puso sonido a mi furor, gruesas gotas de cristal mimaron mi llanto retenido.
O sea. Comenzó a llover.
Un instante después, las luces del suburbio titilaron y se apagaron. Sólo entonces comprendí que, aún en mi desconsuelo, un resto de esperanza había logrado sobrevivir. El apagón le puso punto final. En ese instante vi el resplandor. Suspendido en la negrura, el marco de Su ventana comenzó a delimitar un trémulo fulgor que, al desplazarse, puso en fuga las sombras, aprisionándome a un tiempo en mi secreto mirador. ¿Era acaso el aura de un amor condenado a la sola inminencia? ¿Era el fuego de nuestra pasión ardiendo en el recinto sagrado?.
Era Margarita con una vela.
Inútil intentar describir el desenfreno de mis sentidos, la terrenal lujuria que, haciendo presa de mi carne deleznable, doblegó mi espíritu contemplativo y me condenó a la acción.
Había un tablón en la terraza. La noche cerrada y sigilosa, la oportuna lluvia amortiguando con su rumor mi torpeza atolondrada, conspiraron eficaces contra los restos menguantes de prudencia. Casi me caigo de cabeza. El tablón, sólido testigo de mis pasados afanes masónicos, fue el artilugio.
Sobre el invisible patio ajedrezado, tendí el exiguo puente. No fue fácil esa travesía, ese tránsito a la perdición por la oscilante viscosidad del madero empapado. Como un condenado, en frágil equilibrio sobre el tenebroso Aqueronte, avancé. Padecí en el trance la traición de mis aliados. La oscuridad, la furia de los elementos que aunados habían propiciado mi aventura, amenazaban aniquilarme. A mitad de camino se me heló la sangre. Inesperado, lleno de furor, el estremecedor aullido de Cancerbero, a punto estuvo de precipitarme al abismo. ¡Cucha Vicente!. El maldito pekinés estaba histérico. Urgido por los gañidos delatores me lancé sin demora hacia adelante. Desesperaba cuando gané la meseta prohibida.
A pocos pasos el vano de luz tenue era el canto de sirena que mudaba mi espanto en osadía. Bajo la lluvia que arreciaba, vacilé apenas un instante. Atravesé la ventana temblando de pasión, los ojos entornados, expectante. De pié en el interior de la cámara, alcé la vista. Sobre el lecho austero, poderosa y desnuda, la divinidad yacía boca abajo. ¿Como dar cuenta con palabras, pobre cosa humana, de la portentosa belleza de esa visión? ¿Cómo? El resplandor trémulo del cirio ahondaba la frontera entre las lunas morenas de su grupa, se deslizaba codiciosa por el satén inmaculado de su espalda, declinaba en la curva perfecta de sus hombros. En el torrente oscuro de su pelo, multiplicaba un intrincado juego de reflejos. El rostro, vuelto de perfil sobre la almohada rehuía la luz que, intimidada, insinuaba un pétalo de bronce en su mejilla. No era una diosa delgada Margarita. Antes que la austera reticencia de Modigliani, era la exaltación exuberante de Rubens lo que informaba su encarnadura terrenal.
Ignoro cuánto permanecí de pié, temblando de fascinación en la penumbra. Un gemido impaciente del lecho precedió al sonido de su voz
-¿Y?- dijo
viernes 9 de enero de 2009
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1 comentarios:
Maestro! Espectacular!
Besos,
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